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Relato
Crónica de una mutación involuntaria
  
Por Tamara Elizabeth Pavón

Capítulo I:

 

            El trabajaba como taxista. No era su decisión, sino la necesidad de trabajar la que lo llevó a hacerlo. Cuando llegó a esta ciudad que había dejado hacía más de tres décadas, tuvo que trabajar de lo que encontrara, no de lo que quisiera. Pero no le importaba, tenía la certeza de saber que se ganaba la vida, escasa pero dignamente y con eso le alcanzaba.

 

            No tenía un gran sueldo, ganaba lo justo para mantenerse, y su trabajo lo agotaba físicamente; no lo hacía feliz. Pero a pesar de eso, él era un hombre interiormente feliz.

 

            Su sonrisa era maravillosa, cálida y fresca a la vez. Cuando sonreía, lo hacía desde el fondo de su corazón de hombre pleno, y toda su cara se sonreía y eso denotaba su alegría y paz interior.

 

            Sabía disfrutar la vida y encontrar el ángulo positivo en cualquier inconveniente que se presentaba.

 

            Le apasionaba salir en su moto, que era su orgullo y el sueño largamente acariciado que se había vuelto realidad. Andaba sin rumbo, sólo por andar. Se llevaba a “su chica” a dar larguísimos paseos en esa moto que era su cable a tierra, podía pasarse horas dando vueltas porque sí, simplemente por sentir el aire en la cara, la naturaleza vibrando a su alrededor, el sol entibiando su cuerpo y su alma.

 

            Se reunía frecuentemente al anochecer con amigos para hablar de nada y de todo, solamente para hablar y disfrutar de la compañía de aquellos a los que apreciaba.

 

            Fue la columna de apoyo de aquel que, estando en el peor momento que le había tocado vivir, necesitaba que el taxista le regalara un rato cada tanto para tomarse juntos una cerveza o ir a pescar. Siempre que lo necesitaba, el taxista estaba ahí, al pié del cañón, apoyándolo como fuera, desde la compañía y la comprensión de su dolorosa situación; nunca le dijo “hoy no puedo, mejor lo dejamos para otro día”.

 

            El compromiso tácito que había asumido con el fin de lograr la felicidad de los demás no le hubiera permitido pronunciar esas crueles palabras.

 

            Sabía entender a la gente, daba buenos consejos, demostraba afecto y atención a todos por igual.

 

            Me enseñó que el rencor no sirve, que hay que desterrarlo de nuestras vidas porque nos corroe el alma y nos quita tiempo para aprovechar en cosas positivas.

 

            Me enseñó a perdonar a quienes me herían con palabras duras o con hechos injustificados.

 

            Me enseñó que tenía que volver a vivir. Que lo que yo creía que era estar dentro de mi casa, en realidad era estar enterrada en una cueva. ¡Salí a la calle, caminá, sentí el calor del sol, la brisa, mirá y disfrutá de la naturaleza, no te encierres más, te enfermás el alma, y el alma tarda mucho en curarse!

 

            No había un solo día de su vida que fuera igual al anterior o a algún otro día que hubiera vivido. Siempre encontraba un momento para hacer algo distinto, algo que disfrutara.

 

            ¡Sabía ser feliz! Y lo mejor de eso es que sabía transmitir a los demás la enseñanza de cómo ser felices.

 

            Nunca se amargaba, ni se ponía de mal humor, nada lo sacaba de su eje, porque conocía su eje y se mantenía en él contra viento y marea, capeando temporales. Vivía derrochando a manos llenas su alegría por el simple hecho de estar vivo y de poder gozar del sol, la brisa y la naturaleza.

 

            Era un placer estar en su compañía porque uno nunca se aburría, contaba anécdotas divertidas, absurdas, y hasta exageradas para hacer reír a la gente y él gozaba con eso como un nene grande y feliz.

 

            A pesar de trabajar incontables horas, siempre tenía tiempo para todo y para todos, amigos, hermanos, padres, hijos y también para su chica.

 

            Cuando ellos estaban juntos se deseaban y se amaban de una manera tal, que chocaban las galaxias y llovían estrellas, se oía música celestial y canto de pájaros, el sol era capaz de salir de noche y hacerle el amor a la luna, y todo eso simplemente porque el taxista y su chica se estaban amando.

 

 

Capítulo II:

 

            Pero un día, el feliz taxista se convirtió en periodista.

 

            Su vida cambió, claro está. Retomaba la profesión que siempre había amado y se sintió dichoso, casi como si tocara el cielo con ambas manos.

 

            Pero no fue solamente su vida la que cambió. Su alma también transmutó.

 

            Lentamente, de a pasitos muy pequeños, fue perdiendo la alegría de vivir, nunca supo dónde ni cuándo fue, y así dejó de ser un hombre interiormente feliz.

 

            Reemplazó todo aquello por la alegría de ejercer la profesión de sus sueños. Al fin y al cabo, era el trabajo que le importaba.

 

            Jamás lo supo, pero su sonrisa otrora fresca y cálida a la vez, aquella que llenaba de luz y de felicidad el lugar donde él estaba, pasó a ser una mueca obligada que sólo levantaba la comisura de sus labios, pero sus ojos no volvieron a reir; su boca esbozaba una pobre imitación de sonrisa, hecha por cortesía, por diplomacia, porque en definitiva tenía que sonreir, formaba parte de las obligaciones de su nuevo trabajo, y su trabajo era lo que importaba.

 

            Pero a pesar de todo él seguía creyendo que conservaba su alegría, y tampoco advirtió que se había olvidado de ver el ángulo positivo en los inconvenientes que se presentaban.

 

            Se olvidó del simple hecho de disfrutar de la vida, no tenía tiempo porque había que trabajar, y su trabajo era lo que importaba.

 

            Muy lentamente comenzó a dejar de lado, a menospreciar, a no hacer las cosas que tanto le habían gustado.

 

            No tenía tiempo para actividades vanas, su trabajo era lo que importaba.

 

            No le interesaba la cantidad de horas al día que tenía que trabajar, si era durante la semana o durante el fin de semana. Todo estaba bien, su trabajo era lo que importaba.

 

            Su moto se convirtió en el vehículo que lo llevaba y lo traía, hacia y desde el trabajo, porque al fin y al cabo, su trabajo era lo que importaba.

 

            Su moto, ese sueño largamente acariciado y que se había plasmado en realidad, dejó de ser su cable a tierra y su alegría. Abandonó los largos paseos que daba durante horas sólo porque sí, sin rumbo y no volvió a gozar del aire en la cara y del sol tibio.

 

            Dejó de reunirse con amigos para hablar de nada o de todo, solamente para hablar, tenía una agenda laboral muy apretada y, su trabajo era lo que importaba.

 

            La columna de apoyo de quien lo necesitaba se derrumbó, ya no tenía tiempo para regalar, su preciado tiempo era invalorable. No hizo falta que dijese “hoy no puedo, mejor lo dejamos para otro día”.

 

            Fue evidente, y el buen entendedor no cuestionó que el taxista ya no estuviera ahí, al pié del cañón, apoyándolo. Entendió que el trabajo era lo que le  importaba.

 

            Dejó de prestarle atención a aquellos afectos que en algún momento fueron tan importantes y por los que hubiera dado su sangre y su vida; él no podía perder su preciado tiempo en escuchar o aconsejar, porque tenía mucho trabajo, y su trabajo era lo que importaba.

 

            No supo poner en práctica consigo mismo las cosas que me enseñó y que tanto me ayudaron; que el rencor se come nuestras almas y nos roba vida; que perdonando ganamos paz interior; que hay que salir a la calle y dejarse envolver por la luz, el aire, la naturaleza, porque tu casa puede ser tu sepulcro en vida. Perdió la habilidad de transmitir el secreto de la felicidad.

 

            Sus días dejaron de ser todos diferentes y convirtieron cada uno en una copia idéntica al día anterior.

 

             Trabajo, luego trabajo, más tarde trabajo, por la noche trabajo; y su trabajo era lo que importaba.

 

            Conoció personalmente a la amargura, esa que tomó por la fuerza y ocupó el espacio que antes había habitado la alegría, y, por primera vez, las cosas lo podían sacar de su eje, porque se olvidó que lo tenía. Y como ya no tenía alegría, no pudo volver a transmitir emociones positivas.

 

            Su compañía se quedó muda, sin las bromas, sin las anécdotas que a tantos habían hecho reir y a él gozar con esa risa. Dejó de ser un placer esa compañía, que ahora se había vuelto silenciosa y seria, porque a su alrededor había un vacío de vida con una pobre cubierta de circunspecta seriedad como corresponde a los periodistas de verdad. Y eso era él, ese era su trabajo, y el trabajo era lo que importaba.

 

            Se quedó sin tiempo para los que tanto había querido, y que quizás aún quería, sus amigos, sus hermanos, sus padres, sus hijos y también su chica; pero no tenía tiempo para ponerse a pensar cuál de las dos premisas era la cierta, porque tenía que trabajar, y su trabajo era lo que importaba.

 

            El y su chica ya no tenían tiempo para estar juntos, ni se deseaban como antes, y si todavía se amaban ninguno se permitía siquiera pensarlo. Ya no hubo nunca más choques de galaxias y lluvia de estrellas, ni se volvió a oír música celestial y canto de pájaros, el sol perdió las ganas de salir de noche para hacerle el amor a la luna, y todo por el simple hecho de que aquel taxista ya no existía y su chica había desaparecido de su vida; ya nunca más iban a estar amándose.

 

            Yo fui esa chica y desearía que volviera a existir el taxista del que me enamoré, porque no puedo amar al periodista del que me despedí.

 

 

Nota: cualquier semejanza entre este relato y la vida real, fue hecha con absoluta premeditación.

 

 

 

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