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Relato
Volver a verte
  
Por Tamara Elizabeth Pavón

          La primavera se asentaba lenta pero firmemente en la ciudad mientras finalizaba el mes de octubre, y las frías mañanas del invierno anterior habían quedado atrás, solamente alguno que otro día se volvía a hacer sentir la brisa del invierno que se resistía a irse por completo.

          Tamara salió a trabajar como todas las mañanas, había pedido el coche de alquiler, y sin dilación subió y partió.

          Como siempre, primero dejaba a su hija en su trabajo, y continuaba el viaje. De lunes a viernes la misma rutina, demasiados años haciéndolo, pensaba, pero no había alternativa.

          Sola y con dos hijos que mantener, no podía optar por otra clase de vida. Debía ir a trabajar quisiera o no.

          Dejó a su hija en su trabajo, el viaje continuaba.

          El conductor le dijo con absoluta certeza: "vos sos Tamara Pavón", asombrada respondió que sí, pero no te conozco, le dijo. Dejame mirarte.

          El se volvió hacia atrás y el corazón de ella latió en su garganta, sus sienes, su estómago. Era increíble, su sueño adolescente estaba delante de ella, con treinta y tantos años más, pero ahí.

          ¡Vos sos Raúl Vega! le respondió, y él con una sonrisa asintió. Jamás habían cruzado palabra a pesar de ser vecinos, porque en la adolescencia, cuatro años era mucha diferencia.

          A los 14 años ella sabía que un joven de 18 no la iba a mirar, todavía era una nena, y él era el sueño de toda jovencita de la ciudad.

          Lindas facciones, ojos verdes, cabello castaño claro, la ropa siempre a la última moda. Todo eso sumado a una sonrisa que derretía los corazones de la mitad de las adolescentes.

          Ella sabía, que con su edad y un aspecto infanto-adolescente que apenas comenzaba a insinuar las futuras formas de mujer, no tenía chances, porque él sabía elegir.

          Siempre con la más linda, la de mejor cuerpo, la del cabello perfecto, el maquillaje indicado y la ropa que recién aparecía en las vidrieras.

          Se decía a sí misma, “cucaracha contra pantera”. Nunca me va a mirar, y era así, ella parecía invisible a los ojos de él.

          Tamara recién comenzaba a ir a sus primeros bailes y si coincidían en el mismo lugar, todas las muchachitas de su edad se juntaban para verlo llegar junto con su hermano Alejandro, que rompía los corazones de la otra mitad de las niñas.

          Raúl era consciente de lo que provocaba y lo disfrutaba, es más se aprovechaba de la situación y permanentemente agregaba una nueva ficha a su casillero de conquistas.

          En cambio, Alejandro, era el muchachito bonito que no tenía conciencia de serlo, ni de tener un batallón de muchachitas detrás suyo, por lo tanto no se aprovechaba de nadie, era menos extrovertido que su hermano Raúl, y no vivía para llevar la cuenta de la cantidad de chicas con las que hubiera podido estar.

          Cuando ellos entraban, los cuchicheos aumentaban de tono, "mirá cómo le queda esa camisa a Raúl!", "no, mejor le queda a Alejandro!, mirá esos ojitos", "mirá esa sonrisa". "mirá esto", "mirá aquello".

          Ellos pasaban cerca de ellas ignorándolas como si fueran manchas de humedad en una pared, ni advertían sus presencias. Pero ya se habían acostumbrado a su invisibilidad, sabían que todavía eran "chiquitas" para aspirar a ellos que eran la utopía inalcanzable.

          Tamara vivía a dos cuadras de la casa de Raúl, y de todos modos, nunca coincidían en encontrarse al menos por casualidad. Ella estaba en sus primeros años de secundario y él trabajaba en lo que se le presentara.

          Hubiera dado la mitad de su vida para que él, su amor utópico, su sueño inalcanzable, le sonriera al menos una vez. Pero ni siquiera un hola, un chau, nada.

          El tiempo pasaba, él seguía saliendo de los bailes con la joven más bonita de la noche. Esa que, si hubiera habido un concurso de Reina del Baile, lo ganaba.

          Y siempre con una distinta, pero también, siempre era la más atractiva.

          Las pobres cucarachitas, resignadas, lo miraban irse desilusionadas, con la ansiedad inicial diluída en el piso. Hoy tampoco se me dió!

          Poco a poco, cada una, fue resignándose y entendiendo que su ilusión era imposible, dieron vuelta la hoja de sus vidas, y miraron hacia puntos más reales y probables.

          Rearmaron sus egos cacheteados y continuaron con sus vidas, se pusieron de novio, se casaron, tuvieron hijos, y sus vidas continuaron como si nunca hubiesen deseado al joven inalcanzable.

          Tamara también hizo lo mismo. Se casó, tuvo tres hijos, pero un matrimonio frío, en el que primaba la costumbre y la rutina, antes que el amor y el romance. Se soportaron durante 28 años. Pero de las puertas hacia afuera, simulaban ser el matrimonio ideal. Al regresar a su casa, volvían a pasar meses sin dirigirse la palabra. Se habían terminado las palabras entre ellos, habían quedado los reproches guardados en el cofre de sus corazones, porque si salían de ese cofre comenzaban la discusión, los gritos, los insultos. Y ya no tenían ni ganas de insultarse.

          Demasiado tiempo perdido en una vida carente de amor, de comprensión, y de compañía, en la cual el único saldo positivo fueron sus hijos. ¡Eso es lo que justifica mi paso por la vida! se dijo siempre, y aún lo hace.

          Finalmente, la fantochada terminó, él se fue sin previo aviso. Un día llegó un vehículo, cargó sus cosas y sin siquiera decirle a sus hijos el por qué, salió de esa casa para no volver.

          Hoy tiene la vida rehecha. Nueva pareja, nueva hija, nueva vida. Quizás hasta sea feliz!.

          Tamara quedó deshilachada con su partida. Pero no era por haber perdido a su amor, sino por la forma en que hizo las cosas, sin previo aviso, sin decirles a los hijos cómo contactarlo en caso de necesidad, sin darles un beso de despedida.

          Fue duro para ella, la cama le quedaba demasiado grande, y aunque ya hacía mucho que no era matrimonial, a ella la reconfortaba su presencia. Se sentía acompañada y segura.

          ¡Pobre ilusa! Confundir hombre al lado con pareja. Pero así era y se había resignado.

          Su retirada la agarró por sorpresa, estaba desconcertada y no entendía qué pasaba. Pero no preguntó. Su autoestima, o quizás su orgullo, no la dejaron preguntar ni pedir explicaciones. Si se quiere ir, que se vaya, mejor así, decía a quién la quisiera oírla.

          Pero dentro de su alma el rencor crecía. Cada hora, día, semana, mes, era más grande que el anterior. Se preguntaba a sí misma si había sido tan mala persona como para merecer esa vida y ese abandono.

          Todavía se lo pregunta.

          Será mi karma, tal vez en otra vida fui una mala persona y en esta lo pago. Filosofía Budista de entrecasa, pero necesitaba al menos ese justificativo.

          Pasaron los meses y lentamente se fueron deshaciendo los sentimientos negativos, dejando paso a una resignación casi normal.

          Se divorciaron, de común acuerdo, en un mes y medio.

          Bueno, dijo Tamara, ahora empiezo a vivir por mí, mis hijos ya son mayores, y no necesitan que esté todo el día pendiente de ellos, son autosuficientes.

          Desde su separación sus hijos vivían insistiendo en que buscara un hombre que la supiera valorar, que la quisiera cómo ella se merecía. La respuesta de Tamara era siempre la misma “si busco, sería desde la desesperación por la soledad, con lo cual correría el riesgo de equivocarme nuevamente. Pero si aparece alguien que me agrade de verdad, no voy a dejar que pase la oportunidad”.

          Y alguien apareció, su ilusión adolescente estaba frente a sus ojos y ella no se convencía. Lo último que había sabido de Raúl fue que se había ido a vivir a la costa, ni siquiera en qué ciudad estaba, ¿se había casado?, ¿tendría hijos?

          El resto del viaje conversaron de cosas de la adolescencia: te acordás de ……? Volviste a ver a ……? Qué fue de la vida de ……? y cosas similares, sin demasiada importancia.

          Bajó en la puerta del edificio donde trabajaba y se despidieron, sin pensar en que quizás algún día lo volviera a ver.

          Raúl le había contado que hacía ocho meses se había separado y ahora vivía en la casa de sus padres.

          Su mujer y sus hijos habían quedado en la costa. Según sus propias palabras, había preferido la tranquilidad fuera de su casa, antes que la vida infernal que vivía en ella, con una mujer que lo usaba y unos hijos que no lo respetaban.

          El encuentro terminó ahí, Tamara no volvió a recordarlo y no sabe si Raúl lo habrá hecho.

          Quién le diría que, antes de que ese año horrible terminara, ella tendría una sorpresa que le llenaría el alma de ilusiones que creía dormidas.

          Finalizando diciembre, entre Navidad y Fin de Año, Tamara estaba esperando el coche que la iría a buscar como todas las tardes.

          Pasó más tiempo que el habitual, pero el auto llegó, se subió y saludó como lo hacía habitualmente.

          Indicó la dirección a la que se dirigía y advierte que el conductor se reía. Lo miró con un poco de recelo, ¿de qué se ríe éste? ¿Dónde está la gracia en lo que dije?

          El conductor la miró a la cara y le dijo ¿cómo estás Tamara?, ¿te acordás de mí?

          Mil recuerdos volvieron a su mente en una milifracción de segundos. La conversación de poco tiempo atrás reapareció en su memoria y volvieron a hablar, más animadamente ahora, y sobre temas más personales, y fue ahí que ella se animó a decirle que había sido el amor de su adolescencia. ¿Por qué no me lo dijiste? le preguntó él. Tamara se rió con ganas respondiéndole que hubiera preferido cortarse la lengua antes de confesarle algo de ese tenor. Nosotras no íbamos al frente, le dijo, teníamos que esperar a que ustedes tomaran la iniciativa. Eran otros tiempos!

          Se contaron brevemente sus respectivas historias de fracasos, de sus hijos, de sus trabajos, y de sus vidas cotidianas.

          El viaje le pareció a Tamara más corto que los habituales, y al llegar a la puerta de su casa escuchó la frase que jamás hubiera esperado: Un día de estos podríamos salir a tomar un café y charlar un poco más!, dame tu celular que te llamo y arreglamos algo.

          Todavía retumban en su cabeza esas palabras que volvieron a abrir las puertas de la ilusión que ya creía clausuradas. No tuvo que pensarlo, intercambiaron números y se despidieron.

          Tamara entró a su casa temblando desde los pies hasta la cabeza, no podía creer que eso le estuviera pasando a ella. Fue a la habitación de su hijo a contarle lo que le había sucedido, él siempre fue quien le puso el oído a todo lo que ella necesitara contarle, su confidente, su consejero y de no haber sido su hijo, sería su mejor amigo.

          El, con moderada alegría, le dijo que aprovechara la oportunidad que se le estaba presentando, que si le había gustado tanto hacía más de 30 años, tal vez algo de aquello había quedado dentro de ella.

          Y en efecto era así, tal como lo decía su hijo, algo de aquella sensación utópica de gustarle a Raúl, aún anidaba en ella.

          Pero, habituada a que las cosas nunca salían como ella esperaba, pensó que el ofrecimiento de llamarla alguna no era verdadero, o quizás en dos semanas, dos meses, o nunca.

          Además, ese día era 28 de diciembre, el día de los Inocentes, por lo cual lo tomó más como broma que como posibilidad.

          Se equivocó, dos días después recibió la llamada tan esperada. Quedaron en salir a caminar esa misma noche. Tanta era la ansiedad de Tamara que empezó a prepararse a las 7 de la tarde, cuando la salida estaba pactada para las 11 de la noche. Moría de ansiedad y la hora no pasaba nunca.

          Cuando sus hijos la vieron vestida para salir, quedaron asombrados, hacía más de dos años que ella no se movía de su casa más que para ir al trabajo.

          No preguntaron nada, porque la cara de Tamara indicaba que no era una salida con una amiga, era algo distinto y especial, y ellos se pusieron contentos con eso.

          Faltando cinco minutos para la hora convenida, Tamara salió por primera vez con un hombre luego de 30 años.

          Llegó al lugar previamente acordado que llegara Raúl, y fiel a su pesimismo pensó que él no vendría. De pronto lo ve dar vuelta la esquina y su corazón volvió a desbocarse.

          Se saludaron y se fueron caminando lentamente hacia la plaza del barrio. Sentados en un banco hablaron de lo que les venía a la mente durante toda la noche, ninguno trabajaba al día siguiente, por lo tanto no tenían urgencia de ir a dormir y podían dar rienda suelta a sus charlas.

          Volvieron tomados de la mano y mirándose cada tanto con una sonrisa de complicidad en sus rostros y caminando muy despacio, como si con su lentitud intentaran que el reloj también permitiera que el tiempo pasara más lentamente.

          Y llegó el momento esperado. A mitad de camino Raúl se detuvo, la abrazó  y la besó como ella lo había deseado tantos años atrás.

          Tamara retribuyó ese beso tan esperado y siguieron abrazándose casi como si intentaran que sus cuerpos quedaran fundidos uno en el otro. No podían separarse, terminaba un beso y comenzaba otro, las caricias se repartían por sus rostros, sus cabellos, sus espaldas.

          Cada tanto, entre beso y beso se miraban a los ojos y sonreían con una complicidad similar a la de los adolescentes que se esconden de sus padres para darse el primer beso.

          Siguieron caminando y, cada tanto se detenían para seguir besándose, era como una necesidad imperiosa de demostrar lo que estaban sintiendo en ese instante.

          Llegando a la esquina de su casa, Tamara advirtió que amanecía, pero aún se veía la luna llena. Era la escena perfecta: la luna, el amanecer y ellos mirándose y besándose. No querían separarse, varias veces dijeron que ya debían irse a dormir. Pero volvían a besarse.

          Eran las 6 de la mañana, con el sol completamente instalado en el cielo, cuando finalmente cada uno se encaminó hacia sus casas, dándose vuelta cada dos pasos para saludarse y tirarse besos.

          Tamara entró y se encontró con sus hijos despiertos. No preguntaron nada, la cara de ella lo decía todo. Los saludó con una sonrisa teatralmente enigmática y se fue a dormir. O al menos eso intentaba, porque repasó mentalmente las siete horas que habían pasado juntos y que para ella habían sido menos de siete minutos.

          Quedaron en verse nuevamente al día siguiente, pero, como era Fin de Año tenían que estar en sus casas temprano para compartir la cena familiar.

          Raúl le había contado sobre su amor por las motos y ella de su odio por las mismas. En ese tema, habían comenzado mal.

          Pero, como las mujeres somos imprevisibles, Tamara le propuso que la pase a buscar por la esquina de su casa, a las 5 de la tarde y con la moto. Raúl creía que era una broma, pero no lo era!.

          Recorrieron casi toda la ciudad de La Plata, sin destino fijo, Tamara disfrutaba el hecho de poder abrazarlo con la excusa de sostenerse. Ese abrazo ansiado durante muchos años atrás se materializaba en una moto, pero era un abrazo al fin.

          Nuevamente el tiempo voló. Sin notarlo volvían cuando estaba anocheciendo y tenían que apurarse para no faltar a sus respectivos festejos. Pero eso era lo que menos les importaba, habían estado juntos, disfrutándose mutuamente, y eso era la mejor manera de finalizar un año malo para ambos.

          En ambas casas hubo preguntas para los dos, pero no se molestaron en responderlas, sus vivencias eran propias y no tenían ganas de compartir nada con nadie, excepto entre ellos.

          Los días que siguieron, él la iba a buscar al trabajo todos los días, tomaban rumbo hacia el bosque y pasaban una hora juntos, mirándose y besándose, compartiendo ese ratito que él le robaba a su trabajo para estar con ella.

          Fue un mes de enero incomparable. Los dos quedaban libres de sus obligaciones después del mediodía y aprovechaban para irse a un camping, solos, y pasar la tarde juntos.

          Poco a poco sus respectivas familias fueron enterándose de la situación que se había dado entre ellos. Afortunadamente, no hubo oposición, y de haberla habido, ellos no se hubieran preocupado. A Tamara la familia de Raúl ya la conocía, lo que no imaginaban es que era “ella, la hija de los vecinos de toda la vida” la que estaba ocupando los pensamientos de Raúl en ese momento, y la situación no les desagradó, por el contrario, Tamara se sintió muy bien recibida y cómoda entre ellos.

          A los hijos de Tamara también les cayó bien Raúl, especialmente porque veían que su madre había vuelto a sonreír. Estaba feliz por fin, luego de tantos años de amarguras.

          Todo era felicidad, armonía, paz, y al menos para Tamara el inicio de un amor que creyó recíproco.

          La utopía de su adolescencia resultó ser exactamente eso, una fantasía, una ilusión; ese hombre ideal había sido solamente idealizado en su mente, y es que sin saber por qué, Tamara comenzó a notar los cambios que a la postre llevarían esa relación hacia el desastre.

          Bromas de mal gusto, agresivas y crueles, que Raúl no aceptaba que a Tamara le cayeran mal y le reprochaba no tener sentido del humor.

          ¿Por qué me tiene que provocar risa que me digas “rata vieja y arrugada” o, delante de tus hijos “sos mi calvario”? le preguntaba ella. Pero él no responde preguntas, se retira del lugar, si la conversación es cara a cara, o corta la comunicación si es telefónica. No le pone el pecho a las balas, no enfrenta la situación, y eso se llama cobardía o falta de agallas, al no tener argumentos para rebatir las críticas o responder las preguntas.

          Al final, tan sobredimensionada era su ofensa que le dijo a Tamara que no sabía si quería seguir estando con ella, que tenía que pensarlo. No era una novedad, esa búsqueda de un final estaba escrito con luces de neón en la frente de Raúl, solamente le faltaba encontrar el detonante.

          Pero Tamara no iba a permitir que las cosas quedaran así, y se prometió a sí misma que le daba un plazo de 14 días para pensarlo.

          Cumplido ese lapso lo llamó y lo citó para hablar, media hora más tarde. Raúl dijo que sí, que no había ningún problema. Pero como siempre, su falta de valentía para enfrentar las verdades que no quería oir, lo hicieron tomar la decisión de no concurrir a la cita.

          Tamara esperó una hora y media en una noche fría, a que Raúl llegara. Llamó a su casa y no había nadie, a su celular y no la atendía más que el buzón de voz. Tampoco estaba en la casa de sus hermanos. ¡Se lo había tragado la tierra!

          Pero Tamara, además de perseverante es terca, y como al día siguiente no trabajaba, decidió que lo mejor era ir a donde trabajaba Raúl antes de qué él llegue. Cuando lo vió venir le frenó la moto de golpe delante del auto. El tuvo que frenar también. Se bajó, se acercó y le preguntó ¿Qué pasó Vega, te olvidaste de ir, o decidiste no ir?

          El estaba asombrado por su presencia y por su actitud y le dijo que no fue porque no quería discutir, y que no había podido dormir en toda la noche penando en eso.

          Tamara casi larga una carcajada, era demasiado ridícula la excusa, tanto como la mentira de no haber podido dormir. Cualquier persona que lo conociera se hubiese dado cuenta en ese mismo momento que Raúl mentía descaradamente.

          Ella, sabiendo que tenía la situación controlada y si un asomo de nerviosismo ni ansiedad le respondió ¡Te equivocaste, no iba a haber discusiones ni reproches, te iba a llevar una solución para tu vida!

          Los ojos de Raúl no lograban parpadear. ¿Me podés regalar 5 o 10 minutos para que te lo explique? le pregunto Tamara, él aceptó y la última conversación dio comienzo.

          Primero, te quiero decir que a mí mis padres me enseñaron que si no voy a poder ir a u lugar previamente pactado, corresponde que se lo informe a la otra o las otras personas; eso se llama respeto, y vos conmigo no lo tuviste. A mí cualquier excusa me hubiera conformado, lo importante era que dieras la cara para decir que no ibas a ir, y no que te escondas cobardemente.

          Pero en realidad, lo que te quería proponer ayer era que no te tomes la molestia de pensar si querés seguir conmigo o no. Te libero de “esa molestia”, porque ahora soy yo la que no quiere seguir con vos.

          Sin rencores, sin odios, sin cuestionamientos, pero dos semanas fue un tiempo suficiente como para pensar si querías estar conmigo o no. Tampoco tenías que hacer un retiro espiritual ni una meditación trascendental para decidirlo; bastaba con poner en una balanza las cosas buenas y las cosas malas que nos pasaron, según ese resultado tenías la respuesta.

          Raúl no la miraba, ni tampoco le respondió nada.

          Con la situación aún bajo su control Tamara continuó. Decime: ¿en algún momento tuviste intenciones de pensar si querías estar conmigo o no? Intuía la respuesta, y no se equivocó.

          “No”. Respondió Raúl con toda tranquilidad y siendo sincero por primera vez. Es justamente la respuesta que estaba segura que iba a oir, dijo Tamara.

          Listo, ves qué rápido iba a ser, no llevó ni diez minutos la conversación y quedó todo claro y finalizado.

          A partir de ahora vas a tener tiempo para ocuparte de las cosas que son verdaderamente importantes para vos. No vas a tener que cargar con el lastre de una estúpida que te llama por teléfono cada dos días preguntándote si ya tenías una decisión tomada, decisión que por otra parte conocía muy bien sin haber recibido tu respuesta. Me hiciste vivir dos semanas pensando, desde que me levantaba hasta que me acostaba, si ese sería el día de la respuesta definitiva por sí o por no.

          Vos con tus tiempos tenés derecho de hacer lo que quieras, por supuesto. Pero con los míos no. Decirme que necesitabas “tiempo para pensar” fue lo mismo que decirme directamente que todo había terminado. Si hubieses tenido las agallas suficientes, lo hubieras hecho, pero por lo visto, agallas es lo que no hay.

          Que tengas una buena vida Vega. Chau.

          Tamara se despidió tratando de que Raúl no viera las lágrimas que había estado tratando de contener, y que ahora brotaban a borbotones de sus ojos.

          Lamentablemente, este solo fue el final de una relación supuestamente afectiva, pero el principio de una serie de situaciones extrañamente desagradables en las cuales Tamara fue culpada de todo tipo de hechos que le sucedían a Raúl.

          Pero, de eso no quiero hablar ahora….

 

T.E.P.

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